Pacific Alamo

10 03 2011

            La historia se inicia con una anécdota contada por un marine. Estando un grupo de estos bebiendo café entre anécdota y anécdota, una voz grave y profunda gritó:

            “¡Atención! ¡Marine de la isla de Wake en Cubierta!”

            Todo el mundo guardó silencio. Los hombres se colocaron en posición de firmes y saludaron al anciano frágil que avanzaba entre ellos. “Esos tíos son legendarios”.

            El libro de John Wukovits parece más una película bélica clásica de Hollywood que no un afanado estudio sobre la Batalla de la Isla de Wake. Pero a veces, también apetece un poco de heroísmo exaltado.

            Jóvenes americanos que habían dejado sus hogares en el país de la tarta de manzana en el alfeizar fueron lanzados por los acontecimientos hacía la espiral de la quinta esencia del heroísmo. Un grupo de hombres corrientes, alejados de todo lo conocido, solos, contra un enemigo invencible, superior y carente de piedad. Como había sucedido en el Álamo, en las Termópilas o como habían vivido los británicos que lucharon contra los zulúes en Rorke`s Drift.

            Jóvenes que buscaban un porvenir en la construcción como Joe Goicoechea, hijo de inmigrantes vascos, el bravo sargento Hanna, el duro mayor Devereux o el Teniente Cunningham que tenía por misión defender el indefendible atolón. Todos ellos héroes involuntarios de una de las batallas más recordadas por los americanos en la Segunda Guerra Mundial: La batalla de la isla de Wake.

            Un grupo de muchachos que se trasladaron al último reducto del Pacífico para hacer fortuna, por viajar… Padres e hijos que habían visto en la estancia de nueve meses en el atolón una oportunidad de ganar un buen sueldo en los días de la depresión. Militares que tenían un compromiso con el deber. Todos se vieron atrapados por el estallido de la guerra. Su rutina, trabajar, vivir tranquilamente, en el pacífico atolón, hasta que un 8 de diciembre fueron alertados de que Pearl Harbour estaba siendo bombardeado. En Pearl era solo día siete, pero las franjas horarias separaban un día de otro.

            No era posible. Nadie se atrevería a enfrentarse con un gigante como los Estados Unidos. Mucho menos los japoneses, seres inferiores, caricaturizados en la mente de una nación que se creía invencible. El estado de alarma se asumió de forma rutinaria, pero nadie creía estar en peligro. Las bombas les despertaron.  

            Sorprendidos cuando los primeros bombarderos japoneses aparecieron en el cielo, no reaccionaron. El resultado, una masacre. Hombres desmembrados, la mayoría de los cazas sorprendidos en tierra, hijos saltando sobre sus padres para protegerles de las balas, los primeros héroes arrastrando a los heridos lejos de las llamas a riesgo de la propia vida…

            Se intentó poner algo de orden en el caos. Los civiles, la mayoría de la población de la isla, se unieron al escaso contingente de marines. Sabían que si los japoneses les atacaban les borrarían como una mota de polvo en medio del océano. Al día siguiente el ataque fue peor. Bombardearon el hospital donde habían reunido a todos los heridos del día anterior. No había piedad con los americanos. Algunos cuerpos no pudieron ser recogidos para ser enterrados. Solo quedaban pedazos.

            Al tercer día, Elrod Hank, a partir de entonces “el martillo“, con uno de los cuatro wildcats que quedaban en la isla derribó dos bombarderos. Por primera vez en la guerra había devuelto el golpe. Pero de poco consuelo resultaba a aquellos hombres que solo sentían el tronar de los estallidos.

            Y así llegó el día 11 de septiembre. Una fuerza naval superior avanzaba sobre Wake. Los japoneses se confiaban. Ya habían barrido cualquier resistencia americana, ¿Qué podía suponer el pequeño atolón? A los americanos solo les quedaba jugar un farol. Devereux, al mando de la guarnición, se jugó el todo por el todo. Nadie debía responder al fuego enemigo.

               Las fragatas de Kajioka, el almirante japonés, avanzaban impunemente bombardeando Wake. Nadie había vivido momentos más terribles. La peor experiencia de la guerra. Solo cabía esperar que un proyectil impactara en uno mismo y volar hecho pedazos. Las llamadas se sucedían al centro de mando, querían contestar al fuego. Devereux se mantuvo firme. Ojos en el horizonte, la orden era aguantar.

                Y los hombres aguantaban. Minutos que parecían siglos, los estallidos alrededor, hombres que perdían la razón y salían chillando de sus refugios para acabar reducidos a la nada. Los dientes prietos. Los japoneses dando otra pasada…

               Y entonces las palabras: “!Abran fuego!” La reacción no se hizo esperar. Los japoneses confiados, sin recibir ningún tipo de fuego, creyendo la isla desierta, pensando que los defensores habían sido barridos, se habían acercado hasta el alcance los cañones de Wake. El error les salió muy caro.

              El barco insignia tocado, huyendo a duras penas, zigzagueando a fin de esquivar los proyectiles, dos destructores enviados al fondo, las barcazas de desembarco no llegaron a salir. Cientos de japoneses se hundieron con los navíos… el júbilo estalló en la isla.

               Los wildcats se lanzaron sobre los barcos en retirada. Solo eran cuatro pilotos, pero atacaron sin descanso durante más de una hora. Los japoneses recordarían ser perseguidos por unos locos en avión. Para acabar, en el último vuelo del día, un joven piloto descubrió un submarino que patrullaba cerca de la isla. También fue hundido.

                  La moral de aquellos muchachos se disparó. Era la primera victoria americana, el primer barco hundido… Wake resistía. Así se hizo saber a Pearl y todo un país tuvo un motivo para el optimismo.

                  Había empezado el asedio. La flota no podía acudir en su ayuda, pero eso no lo sabían los hombres prisioneros en Wake. Los japoneses habían sufrido una derrota, pero volverían. Los bombardeos diarios se lo recordaban. Los días pasaban monótonos, los hombres estaban agotados. El sueño les vencía. Los nervios les traicionaban… las guardias nocturnas eran lo peor… las sombras se convertían en japoneses, el sonido de los cangrejos en tropas de desembarco…

                     Por un error surgió la frase más definitoria de la batalla. Delante y detrás de los mensajes se ponían palabras al azar para engañar a los escuchas japoneses. En un mensaje se inició con “enviadnos” y termino con “más japoneses”. El contenido se perdió y cuando se hizo público que ante la pregunta de “¿Qué más necesitan en Wake?” se contestó “Enviadnos más japoneses” el país enloqueció. Los marines sacaban pecho ante tales palabras y la nación lanzó un vitor a esa actitud de arrogancia ante una muerte prácticamente segura. Cuando los hombres en Wake se enteraron pensaron que era una broma, ¿Quién querría enfrentarse a más enemigos en esa desesperada situación?

                    El día 20 algo cambió. En lugar de los bombardeos rutinarios de 15 minutos, el de ese día se alargo más de una hora. Los bombarderos iban acompañados por cazas que barrían la superficie, las bombas de 10 kilos venían acompañadas de otras de 45 que parecían tragarse el Mundo. Solo significaba una cosa, ya no les atacaban bombarderos de larga distancia enviados desde las Marshal, eran la dotación de un portaaviones que no podía estar a más de 300 kilómetros. El enemigo se preparaba para asestar el golpe definitivo.         

Estás sospechas se confirmaron al día siguiente. El estallido de las bombas solo era sustituido por el chillido de las balas disparadas por los cazas cayendo desde el cielo. Nadie se hacía grandes esperanzas. Menos habrían tenido si hubieran sabido que las fuerzas de socorro recibían en aquellos momentos las ordenes de dar media vuelta y volver a Pearl… no se podían arriesgar más barcos.

Cada uno de los comandantes estudiaba el plan de batalla. Kajioka no estaba dispuesto a sufrir otra derrota. Estudió atentamente el mapa del atolón. Su forma de V hacía que el punto estratégico claro fuese la unión de los dos brazos de tierra, punta Peacok, pero había que tener en cuenta que estos acababan en sendos islotes que también habría que tomar: Wilkes y Peale. Debía atacar por la noche para no volver a exponer su flota a los cañones de la isla, así que lanzarían las barcazas, con cerca de 2000 soldados pensaba barrer las islas, una por una. Por su parte Devereux, con insuficientes hombres como para cubrir toda la costa, llegaba a conclusiones parecidas y preparaba a sus hombres en los puntos claros. Ya no quedaba ningún avión que pudiera volar, con lo que únicamente quedaba resistir en las playas.  

Durante la madrugada, pasadas las 2, los guardias empezaron a enviar informes confusos que hablaban de luces y fogonazos en el agua. Se trataba de navíos japoneses que tenían por misión cañonear las islas, pero que, en la noche, se habían desorientado y estaban atacando una franja de mar descubierto.

El hambre, el sueño, las privaciones, todo desapareció por completo de la cabeza de aquellos hombres. Solo quedó la fría determinación de enfrentarse a la muerte. Sabían lo que habían hecho los japoneses en China y sabían que no cogían prisioneros. Nadie se hacía ilusiones de salir vivo de aquella arena coralina que les rodeaba, solo quedaba morir.

En la isla de Wilkes llegaron los primeros atacantes casi a las tres de la madrugada. Los defensores tenían la sensación de oír al enemigo acercarse, pero no veían nada. Se decidió correr el riesgo de encender un gran foco que iluminaba la playa. El haz de luz reveló una embarcación que lanzaba soldados sobre la playa. Las balas trazadoras de las ametralladoras de calibre 50 sustituyeron la luz del foco cuando este fue alcanzado por una bala.

Estaban demasiado cerca para usar el cañón, así que el hombre al mando, el artillero McKinstry, siguiendo las ordenes del capitán Platt, comandante de la isla de Wilkes, se empezó a retirar hacía el canal que dividía la isla, tras inutilizar los cañones. Diversos grupos se reagruparon y planearon atacar al contingente japonés desembarcado. Dos soldados avanzaron agazapados, por un flanco y sin ser descubiertos hacía las barcazas. Lanzaron diversas granadas contra los enemigos y huyeron entre los disparos. Solo uno logro llegar a refugio y se unió al grupo de Platt.

Los japoneses, superiores en número se desparramaban por la isla, tomando como punto de referencia y principal posición los cañones que antes ocupaba el grupo artillero. Justo en la punta contraria del islote, el cabo Johnson, inexperto, había quedado incomunicado. Junto con su grupo decidieron ir a encontrarse con el mando de Platt y empezaron a bordear la costa. Tenían dos ametralladoras y varios fusiles. Avanzaban colocando una para cubrir a los hombres que situaban la otra y, una vez finalizada la operación, invirtiendo las funciones. Hasta que encontraron resistencia. Entonces todo estalló en mil demonios.

Los hombres de Johnson, ignorando el peligro, se lanzaron sobre los japoneses disparando. Los fueron barriendo y ocuparon posiciones entre los matorrales. Cuando ya clareaba el día, el mismo Johnson descubrió a un grupo de diez japoneses bajo un camión. Llamó a un compañero y entre los dos discutían como indicarles que se rindieran, cuando una bala proveniente del camión segó la vida del compañero. El soldado no lo dudo. Disparó dos cargadores enteros contra los japoneses. Solo quedaban dos con vida. Se rindieron.

Cuando se fueron uniendo los grupos, lanzaron un contraataque contra la posición artillera que ahora defendían los japoneses. Fruto del azar, se coordinaron de tal forma que los defensores se vieron rodeados y luchando contra tres flancos a la vez. McKinstry, enorme, pelirrojo y barbudo, avanzaba como un demonio esquivando las balas y lanzando granadas al tiempo que gritaba como un poseso. Platt, con los hombres de Johnson ahora con él, barría con las ametralladoras un flanco de la posición, mientras un tercer grupo de marines atacaba directamente al centro de las posiciones.

Aplastaron a las fuerzas japonesas. De los 100 hombres que habían desembarcado solo quedaban los dos que se habían refugiado en el camión. El día pertenecía a los americanos en Wilkes. Agotados, pero vivos, reconocieron la isla en busca de más enemigos, cubriéndose de los ataques puntuales que lanzaban los aviones, no encontraron más que cadáveres. Se ocultaron en los matorrales y pozos de tirador a la espera del nuevo ataque.    

   

            Por su parte, la noche transcurrió de forma diferente en Wake. El punto clave de la isla era la pista de aterrizaje, pues por situación, a pesar de estar destrozada, permitía controlar el acceso a los bunkers y a las principales instalaciones que quedaban…por mucho que estuvieran en ruinas.

            El lugar donde se desarrollaría la mayoría de la acción era el cañón de 3 libras que manejaba la dotación del sargento Hanna. Él no sabía que se dirigían directamente a su posición casi 300 enemigos a bordo de una patrullera. Entonces, un soldado japonés encendió una luz para ayudar a sus compañeros con el desembarco. ¡Craso error! Los disparos certeros del artillero Hanna les hicieron pagar caro su descuido.

            Los japoneses avanzaban como podían, pero una de las primeras explosiones barrió el puente. La patrullera se lanzó fuera de control contra la playa. El cañón seguía castigando a los atacantes. Un fuerte chillido metálico indicó que la patrullera había embarrancado en la playa. Los japoneses se lanzaron con gritos de guerra hacía la posición artillera. Las ametralladoras les hicieron pegar el cuerpo a tierra y rezar.

            Otras patrulleras desembarcaron cerca, pero las fuerzas americanas también convergían sobre ellos tratando de cubrir a los hombres de Hanna. Entre ellos destacaba el grupo formada por los pilotos de Putnam convertidos en infantería a falta de aviones. Se lanzaron como locos contra los japoneses. Elrod “Martillo” Hank, vio como un francotirador hería a Putnam. El disparo le dio en el cuello, perdiendo incluso, parte de la mandíbula. Se desmayó por la perdida de sangre. Elrod se propuso en pie, gritando como un poseso, disparando una ametralladora desde la cintura. Nadie podía creer que los japoneses no le acertaran. Lanzaron granadas, se intercambiaron disparos… finalmente una ráfaga dobló a “Martillo” Hank que cayó muerto. Cuando sus compañeros trataron de levantar su cuerpo este se partió en dos.

            En el cañón ya se luchaba prácticamente cuerpo a cuerpo. Rodeados por infinidad de enemigos, los hombres tuvieron que bajar de la plataforma y esconderse entre las patas. Luchaban descarnadamente con lo que tenían. Algunos viejos rifles springfield de la primera guerra mundial, otros con pistolas del 45, las ametralladoras pronto se quedaron sin munición.

            Desde el otro lado de la isla se bombardeaba la playa delante de su posición, pero todo y eso parecía imposible detener el avance de los japoneses. La sed agónica, el cansancio, las heridas, nada importaba. Aquellos hombres resistían mientras avanzaba la noche. Disparaban y se ocultaban, se acurrucaban contra las patas metálicas mientras los japoneses les lanzaban granadas.

            Cerca de allí, Putnam, sangrando con profusión, recobró el conocimiento. Cogió su pistola del 45 y se lanzó en una loca carrera hacía el cañón para unirse a sus camaradas. Consiguió llegar y se unió a los heridos defensores. Al amanecer apenas les quedaban municiones. Por entonces los cazas japoneses ya estaban en el aire. Hicieron pasadas ametrallando la posición americana. Los cuerpos de algunos hombres saltaban con el impacto de las balas. Estaban perdidos.

            Finalmente, el mayor Devereux, imposibilitado de comunicarse con sus tropas, salio del bunker. Enviaba hombres con mensajes, recibía escasa información. Cuando amaneció pudo contemplar el espectáculo. El atolón estaba rodeado de barcos enemigos. No importaba que vencieran a todos los soldados enemigos, los japoneses solo tenían que sentarse y borrar la isla a cañonazos. Reunido con Cunningham, quien tenía el mando en realidad, se decidió que había llegado la hora de claudicar… era hora de rendirse.

            Con la bandera blanca hondeando se dirigieron hacía los japoneses. Se iban reuniendo una a una todas las posiciones. Cuando se acercaron al cañón de Hanna vieron la arena atiborrada de cientos de cadáveres. Dos hombres se levantaron, heridos, ensangrentados, pero vivos…el mismo Hanna y el cabo Holewinski. Un poco más lejos estaba Putnam, inconsciente nuevamente, aún vivo.

            La rendición en Wilkes fue aún más dramática. ¿Porqué tenían que rendirse hombres que habían vencido? Todo lo que habían luchado…¿Para qué? Finalmente empezaba la parte más dura de su odisea, el cautiverio…

 

 

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