Cuentos de la Guarida.

5 08 2010

Tengo el inmenso placer de presentar la primera colaboración de Toni De Eguia, lector habitual y creador de La Terminal. Desde hace un tiempo hemos colaborado, normalmente criticando nuestros trabajos y aportándonos ideas mutuamente. Normalmente trabaja la narrativa de terror, de la cual espero en breve poderos mostrar su, para mi, mejor obra hasta el momento: CABRERA, un proyecto personal en el que el autor pretende establecer una serie de mitos, con base histórica documentada, entorno a la conocida isla del Sur de Mallorca. Mientras llega ese día, y como favor, nos cede algunos relatos breves, escritos en su juventud y que recientemente ha revisado. Aquí tenéis el primero: Los Malditos (Maleïts).             

 

Los Malditos (sueño)

 

Es de noche, un vehículo se acerca a la solitaria gasolinera.

Se trata de un coche viejo, un R5 blanco, en el que viajan cinco jóvenes que han salido a pasarlo bien y en busca de juerga. La música está a plena potencia, han bebido y fumado, están pletóricos. Gritan, ríen y hacen burrerías. Uno de ellos propone pararse en la gasolinera a molestar a la pareja de viejos que la cuidan y hacerse con unas botellas de alcohol, no hace falta que insista.

Al llegar, paran el coche y bajan. Gritan, saltan, corren y se persiguen entre risas llenas de juventud. Cuando sale el dueño se burlan de él.

“¡Desgraciado! Deja de molestar y no te pasará nada, viejo de mierda”.

El hombre ignora la amenaza e intenta detenerlos. Han empezado a jugar con las mangueras de gasolina como si fueran pistolas de agua. Cada vez se comportan de una manera más frenética y loca. Se oyen algunas risas histéricas y cuando el viejo se mete de por medio lo apuntan con el dedo y se burlan de él. Uno de quita la gorra, otro le da una colleja cuando se gira, pero toda la acción se para cuando un disparo vuela la puerta izquierda del coche. La esposa del viejo ha aparecido en la puerta del edificio con una escopeta en las manos.

“Mala puta, no ves que somos más y mejores que vosotros? Ahora pagarás por lo que has hecho”. La transformación es inmediata: al primer chico le cambian las manos por poderosas pinzas de cangrejo mientras se alargan y adelgazan las piernas, que ahora son verdes y fibrosas de apariencia vegetal, hasta doblar su altura. A la chica morena le crecen colmillos, garras y una larga cola peluda. A otro le muta toda la parte derecha del cuerpo, quedándole hipertrofiada y recubierta de una curtida piel marrón, su rostro es el de una bestia. Con un rugido, otro se saca la camisa, enseñando una horrible cara aullante situada en su estómago.

Con la mutación les posee el frenesí. Saltan y, dotados de una gran fuerza o agilidad, empiezan a destrozarlo todo entre risas dementes. En segundos, el viejo se transforma en una gran masa de tentáculos oscuros y viscosos ante la sorpresa de todos, ya que nadie habría sospechado que se trataba de uno de ellos. Sin embargo la impresión dura poco y enseguida atacan. Golpes, disparos, tajos, mordiscos. Parte del edificio cae, sepultando a la anciana.

Una ola de dolor y rabia recorre el cuerpo amorfo de su marido, que ataca con fuerzas renovadas. El joven que no había mutado es degollado por una plancha de metal y al hipertrofiado lo apresan los tentáculos. Se producen pequeñas explosiones, pronto el fuego llegará a los depósitos de gasolina.

La euforia se transforma en pánico. Los jóvenes huyen hacia el coche volviendo a sus formas humanas, mientras el que ha quedado atrapado chilla barboteando sonidos llenos de sangre. El vehículo acelera poco antes de que aquel lugar explote. Una breve sacudida es lo único que les llega de la onda expansiva.

En el fondo de la noche, como en una película americana, un bosque de llamas se levanta desafiante hacia la luna creciente. Dentro del coche reina un silencio espeso y pesado, incluso parece que el ruido del motor se haya parado. La amarga desgracia llena en los corazones de los supervivientes, la Maldición flota en el aire.

Han perdido dos amigos, pero también mucho más. Han perdido, en sus corazones jóvenes, la inocente esperanza de que su destino no les alcanzara.

Porque ellos también son Malditos.

Un coche se pierde en la carretera, hundiéndose en la oscuridad de la noche.

 

Pero la Maldición seguirá viva.

 

No es obra de ningún dios caprichoso, como el Jabalí de Calidón, ni de ningún dios guerrero y justiciero, como la destrucción de Sodoma y Gomorra. No, su origen no es divino, sino humano.

Hace muchos milenios hubo un pueblo, una civilización que destacó sobre todas las demás. Fue una cultura brillante, difícil de imaginar incluso en nuestros días. Tenían todo cuanto querían: la tierra y el cielo, las fuerzas de la naturaleza, la felicidad la riqueza, el poder… Pero eran humanos y quisieron más.
Pronto fue evidente que los demás pueblos, todavía primitivos, no tenían nada que hacer contra ellos y se vanagloriaron de ello, considerándose superiores al resto. Creyendo ser dioses, obraron como tales. Renegaron de la raza humana, a la que consideraron como inferior a su categoría. ¿Pero podemos decir qué es superior y qué es inferior? Al fin y al cabo no son más que términos subjetivos que simplemente indican diferencia.
Dieron la espalda a lo que eran y sufrieron las consecuencias. Habiendo renunciado al único que poseían de verdad, su herencia genética, se arrojaron a la desgracia. Dominaban la naturaleza, y ella les obedeció en su último deseo. Así invocaron la Maldición.
Malditos a ser diferentes entre sus iguales, a ser monstruos entre los hombres.
Malditos no tener lugar en el mundo humano. A vagar entre quienes se creen sus iguales sin encontrar un lugar con el que identificarse, pues las aguas devoraron su continente.
Malditos a vivir incluso cuando el mundo muera. A ver y vivir el Apocalipsis sabiendo que ni así podrán hallar la paz.
Malditos no descansar después de la muerte. Sus almas no encontrarán nunca la tranquilidad sabiendo que su descendencia también estará maldita.
Malditos a sufrir de alma, conscientes de que llevarán la desgracia a generaciones pasadas y futuras. Así, cuando el Fin llegue, los antepasados serán sacados de sus tumbas por sus descendientes, arrancados de su nicho de muerte.
Malditos, pues, a no ser humanos.

En el interior de un granero viejo, una niña pequeña llora mientras su padre y sus hermanos desentierran los cuerpos momificados de tres generaciones pasadas.
Ya no hay humanos en el mundo, ya no hay ningún tipo de vida. Sólo quedan los Diferentes, los Malditos, destinados a ver como todo termina.

Finalmente  los cuerpos son apoyados en una pared mientras mira, desde el infinito, a través de sus ojos muertos, como se cumple la maldición.

El miedo es casi sólido. El hombre acaricia suavemente el pelo de su esposa, una mujer hermosa pero de ojos tristes y cansados por la carga generacional. En sus brazos sostiene a sus hijos más pequeños, que miran sin saber que pasa.

Fuera, todo está desierto.

                                  

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11 08 2010
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[…]  La Guarida del Lobo:  En Galo, amic i company d’extenses converses, va proposar-me ja fa temps la possibilitat de […]

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